El reto de la coexistencia pacífica,B. Jill Carroll

«La coexistencia pacífica es el proyecto más importante de nuestra era. Pero no podemos llevarlo a cabo solos o de forma aislada; debemos realizarlo juntos».

 



 

El reto de la coexistencia pacífica

 

«La coexistencia pacífica es el proyecto más importante de nuestra era. Pero no podemos llevarlo a cabo solos o de forma aislada; debemos realizarlo juntos».


El mundo se ha vuelto muy pequeño. Las tecnologías de la información, el turismo de masas y la interdependencia económica han creado un mundo contemporáneo en el cual nosotros, como individuos y grupos, ya no podemos vivir aislados de los demás como hacíamos en épocas pasadas. Las naciones y grupos de personas, que apenas sabían el uno del otro, ahora ven sus respectivas vidas y mundos en colores a tiempo real a través de la televisión y de Internet. Los gobiernos, que contaban con el secretismo y la sumisión hasta hace sólo unos pocos años ahora se ven humillados, desconcertados e incluso derrocados a través de los medios de comunicación de masas, que retransmiten sus tiránicas obras –y la valentía de quienes se les resisten– al mundo entero. Regiones que se desarrollaron para su propia prosperidad, aislando y estancando a otras regiones, ahora encuentran sus economías azotadas por la volatilidad mientras la globalización ata el sistema financiero del comercio mundial en complicados nudos.

 

El mundo se ha vuelto pequeño, y nosotros estamos el uno con el otro –conociéndonos, perjudicándonos e interactuando unos con otros– más que en ningún otro momento de la historia. No somos, tampoco, los mismos. Sí, todos somos seres humanos. Sí, todos estamos sujetos a las condiciones universales de la existencia humana como son la incertidumbre, el cambio, la pérdida y la muerte. Pero el modo en que lidiamos con esas condiciones y nuestra forma de actuar dependen en gran parte de nuestras distintas culturas, orígenes, lenguas e historias. Aquí se hallan las diferencias en el género humano. No pensamos igual. No rezamos a los mismos dioses. No elegimos los mismos valores culturales. No compartimos historias específicas. Interpretamos el mundo, y a nosotros mismos en él, de maneras muy diferentes.

 

Dadas estas diferencias, ¿cómo podemos vivir juntos? ¿Es posible la convivencia pacífica a nivel mundial, regional o incluso dentro de una familia? Si es así, ¿cuáles son los componentes necesarios que la permiten? En otras palabras, ¿cuáles son las condiciones previas –filosóficas, sociales, políticas, culturales o de otro tipo– que propician la convivencia pacífica entre diferentes personas? Estas son poderosas y complejas preguntas que requieren aún más preguntas con el fin de ser respondidas.

 

En primer lugar, hay que preguntarse por la historia

 

¿Hemos vivido alguna vez unidos pacíficamente como seres humanos? ¿Han convivido alguna vez las personas de distintas religiones, por ejemplo, durante un período de tiempo prolongado sin tratar de oprimirse o erradicarse las unas a las otras? Responder a estas preguntas requiere de un estudio importante y profundo de la historia del mundo.

 

Si determinamos que la coexistencia pacífica sostenida se ha logrado en ciertos períodos –por ejemplo, bajo el Imperio Otomano en el siglo XV o en la España del siglo XIII– aún nos quedaría por determinar qué factores condujeron a dicha convivencia. ¿Cuáles fueron las condiciones específicas –económicas, políticas, sociales, culturales, etc.– que hicieron que tal convivencia fuera posible? Estas condiciones y factores son múltiples. Para distinguirlos, de manera que puedan ser significativos actualmente, se requiere un análisis intensivo por parte de individuos altamente cualificados y bien informados.

 

Una vez distinguidas, ¿pueden las condiciones que hicieron posible una convivencia pacífica en otra parte y en otro tiempo ser transportadas a la época presente, en un tiempo de conflicto y de violencia? ¿Pueden estas condiciones ser recreadas ahora, en el momento actual, aunque sean tomadas del pasado? Esto puede parecer simple, pero no lo es. Las personas cambian de una época a otra. Las nociones de lo que es permisible o moral cambian con el tiempo, incluso en las sociedades de una sola cultura, cuanto más a través de muchas. Lo que funcionó en un período anterior, en términos de concepción de armonía social y de justicia, no puede ser recogido y trasladado a una nueva era con diferentes nociones de moral, verdad, sociedad, etc. Deben ser traducidas en primer lugar, e, incluso antes, debemos determinar si los factores en cuestión se pueden traducir en absoluto. Las visiones del mundo han cambiado tanto con el transcurso de los siglos que ya no funcionan como conceptos viables para el presente.

 

Si determinadas condiciones y factores que generan la convivencia pacífica pudieran ser trasladadas desde el pasado hasta el mundo actual, entonces deberían aplicarse social, cultural, política, económica y legalmente. En muchos casos, esto requerirá la revisión fundamental de los actuales sistemas socio-políticos. Las transformaciones de esta naturaleza son de enormes proporciones, simplemente debido a su magnitud. Por otra parte, dichas transformaciones sociales contienen en sí las semillas de la violencia y la injusticia. Rara vez han ocurrido sin conflicto. La aplicación de nuevas estructuras en la sociedad debería ocurrir de tal manera que se minimicen o supriman las posibilidades de ruptura, violencia y venganza de aquellos que se sientan excluidos o pisoteados por los cambios. De lo contrario, la implementación de un nuevo sistema para la convivencia pacífica termina perpetuando los conflictos violentos.

 

Estas son las preguntas que debemos hacernos sobre la historia. Pero no podemos detenernos ahí. También hay que hacer preguntas sobre las religiones.

 

¿Cuál es la postura general de nuestras tradiciones religiosas hacia quienes no comparten sus creencias y compromisos? ¿Se exige la erradicación de todos los sistemas de creencias que se contradigan y de las personas que las propagan? ¿O se requiere ser hospitalarios con «lo ajeno» o con respecto a aquellos que creen y viven de manera diferente? En pocas palabras, ¿debe la gente de fe arraigarse a patrones de tolerancia o de intolerancia, en el momento en que se aferran a las tradiciones de su creencia?

 

Estas son preguntas difíciles de responder, ya que las religiones mismas, como entidades históricas que crecen y cambian con el tiempo, a veces parecen tener múltiples formas de ser en lo que respecta a la coexistencia pacífica. A través de los siglos, los seguidores de las dos mayores religiones del mundo –el Cristianismo y el Islam– han vivido tanto pacífica como violentamente entre sí y con las personas de otras religiones con las que se han encontrado. Sin duda, las enseñanzas de ambas religiones fomentan la convivencia pacífica en sus respectivos textos sagrados y tradiciones. Sin embargo, ambas religiones también han sufrido la expresión violenta en manos de aquellos que ignoran las enseñanzas de convivencia, o que las tergiversan para justificar la violencia y el terror.

 

Cualquiera que sea nuestra tradición religiosa, lo cierto es que históricamente todas ellas han sido utilizadas para perpetrar algunos de los peores hechos de violencia imaginables que jamás se hayan cometido por parte del género humano. Tenemos que hacer frente a esta dura realidad con valentía y determinación para conseguir que nuestras tradiciones religiosas devengan los actores principales del proyecto de coexistencia pacífica.

 

El temor a los conflictos religiosos es la principal razón por la cual las sociedades que han logrado algún grado de convivencia pacífica sean los adalides de la tolerancia religiosa como una virtud cívica esencial, y de que implementen esa virtud en la sociedad tanto cultural como legalmente. Teniendo en cuenta los diversos reclamos de muchas tradiciones religiosas y morales, la tolerancia es realmente lo máximo que podemos esperar de la gente. No podemos, en una sociedad verdaderamente pluralista, esperar que las personas moralmente comprometidas o devotas abracen o celebren prácticas que, debido a su fe o a su ética, consideran pecaminosas, heréticas o detestables. No podemos esperar que reconozcan la legitimidad de los dioses ni de las formas de adoración o de vivir que consideran falsas. Pretender que ocurra esto en el ámbito de la religión es ser fundamentalmente intolerante. No podemos defender, en nombre de la tolerancia, una sociedad que lo acepta todo excepto ciertas formas de convicción religiosa o moral tradicional.

 

La tolerancia es, pues, la capacidad de soportar o de dar cabida a las ideas, creencias y comportamientos que uno encuentra profundamente problemáticas, y es la virtud cívica más esencial de la sociedad, sobre todo en sociedades étnica, religiosa y racialmente diversas, como son la mayoría de los países en este período de globalización. La vida cotidiana en estas sociedades simplemente no avanzará si la ciudadanía no puede practicar la tolerancia básica. Por supuesto, el solo hecho de apretar los dientes y aguantar a regañadientes a otros que no nos gustan o a aquellos con los que no estamos de acuerdo es el estadio mínimo del desarrollo de una sociedad. Lo ideal sería crecer en un lugar de mayor comprensión y aprecio por aquellos que son radicalmente diferentes a nosotros, aunque no aceptemos o no estemos de acuerdo con sus creencias o prácticas. A veces, sin embargo, ser tolerantes, especialmente en materia de religión, es lo mejor que podemos hacer.

 

Estas son las preguntas que debemos hacernos acerca de nuestras religiones. Aunque no podemos detenernos tampoco en este punto. También hay preguntas que tenemos que hacernos a nosotros mismos.

Debemos buscarnos a nosotros mismos y examinar nuestros corazones. ¿Estamos realmente comprometidos a convivir con personas que son diferentes a nosotros? ¿Aceptamos realmente el hecho de que nosotros, como personas que nunca vamos a creer, pensar, rezar, vivir, o actuar de la misma forma, tenemos que lidiar con eso? ¿O es que nos molestan estos «hechos sobre la tierra» y nos esforzamos vanamente en coaccionar a los demás, tratando de obligarlos a cambiar para que sean más como nosotros? ¿O, tras renunciar a que los otros sean como nosotros, nos aislamos con aquellos a los que nos sentimos idénticos y construimos nuestra vida cotidiana de forma que no tengamos que encontrarnos con demasiadas personas diferentes a nosotros?

 

Parte de la razón por la cual el éxito de la convivencia pacífica es tan difícil de lograr está relacionada con los individuos. Incluso cuando todas las estructuras legales, culturales y sociales que apoyan la coexistencia pacífica estén establecidas, no podrán lograr sus resultados a menos que la gente realmente quiera vivir en paz. Y no es para nada claro que esto sea así. Suele decirse que todo lo que la gente quiere realmente es vivir en paz. Pero, si nos paramos a pensarlo, vemos que no es cierto. No todo el mundo quiere vivir en paz. Muchas veces la gente pone condiciones a las perspectivas de paz en sus vidas y en sus contextos. Dicen, por ejemplo: «Yo quiero paz en mi país, pero no si eso significa renunciar a alguna de nuestras tierras». O: «Quiero la paz en el país, pero no podemos permitir una paz contraria a nuestro honor nacional». En otras palabras, decimos que queremos la paz, pero no si ello significa tener que renunciar a algo que nos parece más importante que la propia paz. Muchos de nosotros valoramos otras cosas por encima de la paz.

 

Incluso en nuestras vidas personales, en nuestras relaciones con familiares y amigos, a menudo mantenemos rencores y enemistades durante años y años, a pesar de las muchas oportunidades que tenemos para acabar con ellos y crear paz. ¿Por qué? Debido a que, para lograrla, tendríamos que renunciar a algo que valoramos más que la propia paz –creer que se tiene razón, el sentido de superioridad, la perversa satisfacción que se siente al condenar a otras personas o grupos, y demás–. Tenemos que dejar de lado este tipo de cosas para construir la paz, a pesar de que a menudo las prefiramos. De esta manera, el conflicto y la tensión perduran año tras año, y cada vez que digamos, a nosotros mismos y a los demás, que queremos la paz en realidad no estaremos siendo honestos con respecto a dicha situación.

Valoramos otras cosas más que la paz.

 

Para terminar, diremos que lograr la convivencia pacífica a nivel individual e interpersonal se relaciona con la capacidad de una persona de aceptar la diferencia. ¿Hasta qué punto nos sentimos cómodos al encontramos con personas que son diferentes a nosotros? ¿Nos sentimos amenazados por ellos? ¿Estamos nerviosos en su presencia? O, ¿podemos relajarnos y estar cómodos interiormente incluso cuando estamos rodeados de personas que creen, miran y actúan de manera diferente a como nosotros lo hacemos? Actualmente, el mundo globalizado nos exige a todos ampliar nuestras capacidades internas ante lo que nos diferencia, de modo que no nos sintamos fácilmente amenazados por personas que no son exactamente como nosotros. Todos nosotros debemos ampliar nuestras fronteras de comodidad más allá de sus límites actuales.

 

Estas son las preguntas duras y complejas que debamos hacernos a nosotros mismos.

 

Sólo cuando consideremos seriamente estas preguntas, con el objetivo de lograr una convivencia pacífica sostenida, tendremos un futuro digno de ser vivido. Por otra parte, todos tenemos que hacer este trabajo juntos –personas religiosas y seculares, liberales y conservadores–, sin excluir a nadie. De lo contrario, las fuerzas de la globalización, que han hecho que nuestro mundo sea más pequeño, traerán consigo nuevas y más bárbaras formas de odio, de opresión y de violencia.

 

El logro de la coexistencia pacífica es, por tanto, el proyecto más importante de nuestra era. Debemos entregarnos completamente a él, con toda nuestra capacidad de conocimiento y comprensión, con nuestras más sinceras intenciones de verdad y de justicia, y con todas nuestras fuerzas, con el propósito de viajar a través de los retos y dificultades que el proceso implica. Podemos lograrlo, ciertamente. Pero no solos ni de forma aislada. Debemos hacerlo juntos.

 http://www.revistacascada.com/article/el-reto-de-la-coexistencia-pacfica-octubre-diciembre-2012

 

 

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